No suele ser Pamplona una plaza fácil. No lo era hace veinticinco años, cuando uno veía en pijama, pugnando por no ir a la cama, los resúmenes de Estudio Estadio -cuando ese programa valía de verdad la pena-, en los que los rojillos tenían hasta mil ocasiones antes de marcar -normalmente de rebote- algún gol con el que engatusar a su ruidosa afición, ni lo sigue siendo hoy. Ha pasado momentos malos, como es lógico. Camacho, otro de esos entrenadores con bastante mejor prensa que capacidad, estuvo a punto de desnaturalizarlos. Pero este Mendilibar ha recuperado aquella vieja esencia de equipo aguerrido, con dos o tres figuras que saben tocar el balón, capaz de acabar con el rival por agotamiento.
A todo esto, el Valencia respondió como un equipo menor. Sólo un enfervorizado admirador del fútbol paraguayo podría ver, no sin gran esfuerzo, algún mérito en lo que los chicos de Emery perpetraron en el Reyno de Navarra. Puesto que aquí no lo somos y solemos analizar el fútbol como un deporte en el que los contendientes se supone que quieren ganar, no podemos usar otro calificativo que el que encabeza estas líneas. Noventa y pico minutos para un solo remate a puerta, que, de postre fue gol y a punto estuvo de significar tres puntos. Tan inmerecidos, cicateros y engañosos como otro buen puñado que se han conseguido en esta etapa insulsa, carente del más mínimo espíritu y reñida con cualquier amago de interés que estamos viviendo en estos aciagos años emerianos, pero a punto estuvieron de llegar. Tras un disparo horrible de Costa, después de no pisar el área en todo el partido -no es que no se rematara, es que ni se intentó-, tras otro partido con el portero como máximo baluarte. Pero ahí estuvo Soldado, haciendo de una sandía un gol inverosímil. Quizás fuese el único balón que tocara en todo el partido.
Sólo Osasuna salió a por la victoria. Con mucho nervio, choque, empujón, protesta y achuchón al árbitro en el primer tiempo. Con algo más de pausa en el segundo. Enfrente no se encontró nada. Apenas once tipos dispuestos a no perder. Una defensa achicando balones al patadón, un portero más nervioso e impreciso con el balón en los pies que de costumbre-acabó regalando el gol a los locales-, un centro del campo incapaz de dar una a derechas y dos delanteros que, en realidad, nadie sabe si saltaron al campo o se quedaron en el hotel. Quien recuerde una jugada con más de dos pases en todo el partido debería presentarse de inmediato a alguno de esos concursos de la tele que tanto han proliferado.
Lo intentó cambiar el entrenador sacando del campo a un Banega al que su renovación, desde luego, no va a hacer ningún bien y a un Jonas que no tocaba menos balón desde que, antes del fútbol, en su Brasil natal jugaba al ajedrez. Aduriz se movió algo más, seguramente porque estos son los partidos en los que recurrir a él parece tener toda la lógica del mundo. El chico Bernat lo intentó. Que siga jugando al fútbol después de la trastada que le hizo su entrenador después del primer partido de la temporada ya es, si nos ponemos a pensar, digno de elogio en el chaval. Pero todo fueron balas de artificio, avanzar a trompicones, sin ton ni son, como casi siempre. Que saliera Aduriz no se acompañó de un mayor juego por banda -creo que el único centro al área que hubo en ese período fue el disparo fallido de Costa-. Alguien dijo hace poco que el Valencia tenía un juego reconocible. Fue un entrenador -¿sería Camacho?-. Tal vez fuera uno de esos que ven sólo los partidos contra el Barcelona, con Vendredi penetrando como una exhalación por una banda que Guardiola le deja siempre desguarnecida -porque, según nuestras informaciones, tiene cierto lejano parentesco con el francés-. Sólo así se explica que alguien pueda ver algún tipo de esquema en lo que practica este Valencia. En mi caso -añado a mi padre, que me ha llamado tras el partido, incrédulo tras el patético espectáculo- sólo vemos patadón y tente tieso hasta que le llega el balón a Soldado y la enchufa. Un desastre tras otro, endulzado por rivales tipo Levante, a los que se ganarían cien partidos seguidos si hiciera falta porque se une a la disparatada falta de calidad ajena ese puntito de motivación propia que tanto se echa en falta para salir de este impasse de mediocridad en el que vive instalado el equipo y el club a la espera de que lleguen tiempos mejores.
El problema es que la espera ya se está haciendo un poco larga.