Escrito por ialted el Dilluns, 30 de Octubre del 2006 a las 21:27
Para quien no esté del todo metido en el cotarro, les contaré que Diamond Dogs pertenecen a esa inagotable cantera escandinava que ha supuesto un efecto catártico en la escena rockera europea de los últimos 10 años. Junto a los suecos Hellacopters, Backyard Babies y los noruegos Gluecifer y Turbonegro, le han dado una vuelta de tuerca más a esto del rocanrol y han finiquitado con mucho espíritu festivo a aquel lamento musical que intentó ser el “grunge” en la década de los 90. Nada como el aliento a borracho de vikingo para ahuyentar a tanto grupo envuelto en la falsa seriedad, demostrando de paso que el rocanrol no está muerto. Sólo le faltaba una inyección de gamberrismo y originalidad.
Para presentar su último disco “Up to Rock”, los Diamond Dogs han elegido de nuevo España como una de sus plazas favoritas. La noche del jueves pasado, unos 400 seguidores de la banda sueca nos reunimos en la sala “El Loco” de Valencia para escuchar en directo -quizás por última vez- el sonido de corte clásico, elegante, pero a la vez pegadizo y divertido que supone la música de los “Dogs”. Se rumorea que su líder e ideólogo Sulo pretende dar salida a la formación después de esta gira, a sabiendas, a lo mejor, de que ya ha explotado un estilo y unas características
musicales que tocaron techo con el álbum anterior “Black River Road”, muy recomendable para la parroquia neófita en la historia de los Diamond Dogs.
Como el concierto era en la capital del Turia, la ocasión se presentó perfecta para reencontrarme de nuevo con mis grandes amigos de Valencia, mi frente rockeril preferido con el que he recorrido media España en busca del concierto deseado, me he reído lo que no está en los escritos y también he visto alguna que otra nave arder más allá de Orión…
Me comentaba durante el concierto mi colega periodista Juanen Tur que los Diamond Dogs son perros viejos, músicos curtidos en mil batallas de bar que te arman un directo con una solvencia admirable con apenas escasos recursos y registros musicales. Me comentaba también que él prefería para la ocasión aquellos temas de los primeros álbumes, con mucho menos minutaje y quizás menos elaboración que los actuales, pero con mayor pegada, potencia y dinamismo en la melodía; en definitiva canciones que no sobrepasaban los dos minutos y medio como sucedía en el disco “As your greens turn brown”.
Yo le contesté que, efectivamente, parece que los Diamond Dogs sean una banda de clubs y aforos pequeños, que no me acostumbraba a verlos sobre escenarios de grandes dimensiones como sucedió este verano mientras telonearon a The Cult en Benidorm. Parece que el sonido de su música esté más preparado para una acústica cerrada, más para antros de ambiente asfixiante, luces rojas y humo plateado, que para grandes eventos en donde parte de su intensidad musical se evapora.
Y mientras hablábamos de esto, nos dimos cuenta que los temas que sonaron durante la hora y 20 minutos escasos parecían más divertidos. De esta manera, sonaron, entre otros, “Generation UpStart” del disco “Up to Rock”, “Hand on Heart” y “Stand Up, Speak louder” del “Black River Road” o trallazos más propios de sus inicios como “Bite Off” del “As your greens turn brown”.
Para mi gusto, el directo tuvo más chicha durante el nudo que en la parte final, pero básicamente no decayó en ningún momento. Gracias al buen gusto musical del teclista Henrick Widén, con esos guiños honky tonk, y sobre todo a la presencia capital de Sulo, líder y director de orquesta de los Diamond Dogs. Sulo, de voz cruda, algo castigada, y con cierto toque nasal, como si fuese un heredero natural de Rod Stewart, tiene tablas para dar y regalar, se desenvuelve con naturalidad durante todo el espectáculo, maneja los tiempos del concierto hasta cuando surge alguna anomalía inesperada. Sabe sacar la generosidad del público, les anima, les pregunta y entabla diálogos musicales con el personal. Consigue que todo se convierta en una fiesta íntima para 400 personas.
Por todos estos motivos, al final dejó un buen sabor de boca entre todos los asistentes. Nosotros, en cambio, como teníamos la garganta seca de tanto cantar, decidimos refrescar el gaznate con cerveza en unos cuantos bares más.
Categoria: Rock
Escrito por ialted el Dilluns, 23 de Octubre del 2006 a las 16:07
Dicen de los tí
midos que son las personas más locuaces cuando hablan consigo mismo. Su pensamiento suele ser coherente, lúcido, imaginativo al rular por el interior de la mente. El problema reside cuando intentan trasladar todo ese manantial de ideas de forma espontánea en una conversación cotidiana. La cosa se convierte en un angustioso atolladero en el que las palabras se pisotean unas a otras.
Ahora, eso sí, confíale a un tímido una expresión artística que conlleve cierto proceso reflexivo y un poco de paciencia; ofrécele una guitarra para que componga una canción, una pluma para que desarrolle un artículo o un lienzo en blanco para que plasme un dibujo, y verás cómo aprovecha todos los recursos que le ofrece una paleta llena de colores. Al cabo de un tiempo, la reacción de los demás siempre suele ser la misma: !!¿pero de dónde saca tantas ideas??!! Si apenas sabe hablar, si nunca dice ni pío…
La otra noche al tener delante a Bruce Springsteen, un tipo tímido escorado a la introversión desde joven, me hacía idéntica pregunta: ¿cómo ha podido derribar tantos muros y barreras emocionales que pueden llegar a ser una enfermedad y enfrentarse cada noche a miles de personas? ¿de dónde saca tanta fuerza comunicativa? La respuesta se encuentra en sus canciones: El rocanrol nunca habló de rendición.
Como muchas otras cosas en la vida, yo también llegué tarde a Bruce Springsteen. En mi discoteca tan sólo reposan los álbumes esenciales de su discografía inicial: Born to run, The River, Nebraska y Born in the USA. Pero durante años he devorado cualquier entrevista o reportaje publicado por los medios generalistas cada vez que Bruce sacaba nuevo trabajo al mercado. Al fin y al cabo, esta tarea no resultaba tan ajetreada, pues para este tipo de
prensa sólo parecen existir tres artistas rockeros a lo largo del año: Bob Dylan, el grupo Rolling Stones y el propio Springsteen. En cualquier caso, cada vez que asimilaba aquel material biográfico mi conclusión siempre era clara: se trata de un cantante muy inteligente que valora el compromiso de la música por encima de todo.
Pues, frente a los artistas que necesitan disfrazarse de andróginos para causar impacto entre el personal, él sólo opta por enfundarse unos tejanos desgastados, unas botas negras y una camisa azul para subir a un escenario; frente a los que saturan su biografía de escándalos vacuos y actos supuestamente nihilistas, él opta en su vida personal por la discreción y el sentido común, pues considera que la existencia de un músico ya es suficiente puteada como para machacarla todavía más; frente a los que rellenan sus canciones de orgías lisérgicas y material presuntuoso, Springsteen cree que es más interesante hablar de cosas más naturales: en sus comienzos, de simples viajes en coche o espontáneos encuentros con chicas; ya más maduro, de historias que reflejan la miseria que envuelve a la rutina, pero también de cualquier brote mágico que nazca de una situación singular.
Ahora, tras haber conseguido auténticos hitos en su carrera, sube un escalón más en su trayectoria y homenajea con su último disco/gira a quien ha sido su artista-reflejo: Pete Seeger, un cantautor norteamericano perseguido por su punto de vista político durante décadas. Con la “Seeger Sessions Band“, Springsteen también recupera toda la riqueza musical que procede de los estados del sur de los Estados Unidos, en muchas ocasiones caricaturizados por prejuicios sin sentido. De esta manera, nos presenta una mezcolanza de sonidos sureños que va desde el country y el soul de Memphis, al blues y el jazz de Nueva Orleans, pasando por ricos coros de gospel, el R&B y el rock and roll de toda esa zona.
Con todo ese abanico, nada más comenzar el concierto del sábado por la noche en Valencia, Springsteen parecía gritar: “!Entrad todos al salón de mi casa, que la vamos a armar! !!Let the good times roll!!”. Y tal como os lo cuento, 30.000 personas nos trasladamos a una especie de teatro cabaretero y comenzamos a disfrutar embelesados durante dos horas y media de música vibrante, emotiva, intimista, popular, que te ponía los sentimientos a flor de piel -y en ocasiones a temblar- cuando iba flanqueada de esos emisarios celestiales personificados en la sección de viento, el pianista de burdel o las sirenas gospelianas.
Una comunidad invisible volvió a aparecer de la nada, y se dedicó a seguir las directrices de Springsteen a modo de predicador con olor a azufre para escuchar “Pay my money down”, la concesión de “The River”, “You can look”, “American land”, o el regalo en forma de revisión de “When the saints go marchin´ in”.
Apenas sonó el legado musical que ha convertido en un mito a Springsteen, sin embargo el estadio pareció envolverse en el espíritu redentor de “Nebraska” y pensar al unísono en aquella estrofa de “Open All Night” que rezaba: “!Hey, Bruce, líbranos de toda mierda!”.
Categoria: Rock
Escrito por ialted el Divendres, 20 de Octubre del 2006 a las 0:59
Quique González pertenece a la Familia. Sólo por haber titulado su último disco “Ajuste de Cuentas”, con ese toque entre lumpen y novela negra, ya merece nuestro cariño y reconocimiento. Yo estuve tentado de bautizar este blog hace unas semanas con tamaña declaración de intenciones, pero luego pensé que no era recomendable cargarse así de enemigos, de buenas a p
rimeras, nada más comenzar. Al final me decanté por “Los tiempos cambian”, mucho menos visceral y más blandito, pero con un halo de ambigüedad que le otorgaba cierto interés.
Repasando la biografía de Quique González te das cuenta de que se trata de un culo inquieto. A él le ha tocado labrarse su carrera circulando por carreteras secundarias. Hay quien decide en su vida profesional saltarse todos los escalones del aprendizaje y acceder directamente por la autopista, usando su astucia de zorro/a para poder trepar con la ayuda de los demás; y hay quien decide viajar por la periferia sólo con el equipaje de sus méritos propios y no tener que pagar con ello el peaje de la dignidad y la honestidad, aunque muchas veces te toque dar tumbos hacia la nada.
Quique González lo tuvo claro. Tras comprobar en sus inicios musicales cómo estaba el mundo de los discos en general y el de los cantautores en particular, decidió darle bola negra a todo esto. Cortó por lo sano con las multinacionales y montó de forma arriesgada un sello propio, funcionando a base de autogestión. Esta decisión le dio la seguridad de saber que en su carrera no iban a suceder dos cosas: una, que no iba a parir discos como churros, tal y como pretende la dictadura de las discográficas; otra, que no iba a acabar como una parodia de cantautor dando consejos de postín a joselitos postmodernos en programas como Operación Triunfo.
Y parece que la jugada le ha salido redonda. Todo ese trayecto periférico hasta encontrar el éxito actual le ha sentado de maravilla, hasta el punto de que hoy en día pasa por ser uno de los “songwriters” más prolíficos y respetados de la escena musical.
Ese bagaje se nota a la hora de abordar sus canciones. Lo que en sus primeros discos eran buenas melodías pero alguna que otra letra metida con calzador, ahora, en álbumes como “La Noche Americana”, resultan historias tratadas con propiedad, credibilidad, ironía y un doble sentido que sólo te da la experiencia bien aprovechada.
De los discos que tengo, “La Noche Americana” es el que más me emociona. En “Personal” rockea con ecos musicales de Springsteen y Dylan, pero los relatos tienen menos consistencia. “Salitre 48” es más tranqui y sosegado, pero con un gran tema como “Jukebox”, con homenaje al gran Bukowski incluido.
Y claro, un tipo con semejantes tótems artísticos nunca puede ser una mala persona.
Categoria: Rock
Escrito por ialted el Dilluns, 16 de Octubre del 2006 a las 21:30
El móvil se conecta y recarga en sus horas bajas, yo engullo discos, pelis y libros en mis ratos de tedio.
Para estas últimas vacaciones me aprovisioné, no sin arduas negociaciones, de toda la serie Twin Peaks de David Lynch. Durante los tiempos muertos de un reciente viaje por el País Vasco, me tragué los treinta capítulos -más la película- de aquel fenómeno televisivo que llevaba el cuño de este director de aspecto acicalado y mente atronada. Fue como una especie de ajuste de cuentas con Lynch; el punto y final a una particular relación que ha durado años y durante la que he visionado películas, productos televisivos, documentales y alguna que otra biografía.
Y así he vuelto del periplo vacacional, más marciano de lo habitual. Y es que a mí David Lynch me da subidón; parece que de los diversos formatos que componen su enigmática obra se extraiga un mensaje común: acércate a lo raro, a lo extraño; de un tormento también se saca una cosecha.
Como no creo mucho en la autocensura creativa, no me importa que este tipo relaje las normas de vez en cuando y le meta mano a lo irracional para explicar sus trallas mentales. Mientras luego siga regalando joyitas más convencio
nales como “Una historia verdadera” o “El hombre Elefante”, para mí es suficiente aval. En una nos presenta el viaje épico de un anciano que se recorre su país en un cortacésped para ver a su hermano por última vez; la otra resulta un retrato metafórico de cómo la sociedad embrutece el interior de una persona ya físicamente monstruosa.
Si hay un ejemplo fehaciente que engoble sin disimulo estos dos mundos antagónicos de Lynch ese es
Twin Peaks. A simple vista la serie nos presenta una clásica trama basada en la investigación de un asesinato; Lynch en cambio decide que la única forma de explicarla es a través de sucesos paranormales.
Quizás el problema de Twin Peaks es que sea más una serie de momentos que de factura final. Hay episodios que contienen mucha paja y parodias de clichés televisivos. Pero si enganchas uno bueno, de esos para brindar con champán, siéntate y disfruta de verdad.
A mí me pareció antológico el episodio en el que el Agente Cooper descubre, tras recorrer varias millas en una embarcación, el prostíbulo flotante de Jack El Tuerto. Es sólo pensar en ese antro diseñado a base de terciopelo rojo, tótems indios y máscaras africanas en las paredes y se me ponen los pelos como escarpias.
Ahora Lycnh acaba de recibir recientemente el León de Oro de la Mostra de Venecia como reconocimiento a su vasta carrera. Para la ocasión ha presentado su última película Inland Empire. Y si en el pasado todavía dejaba algún resquicio de racionalidad en su filmografía, con esta última entrega, directamente, sólo se entiende él mismo.
Categoria: Cine
Escrito por ialted el Divendres, 13 de Octubre del 2006 a las 23:40
A la hora de abordar un articulillo
con algo de retórica y un poco de chicha pueden pasar dos cosas. Que salga de un tirón, con inusitada fluidez, como si tirases de un hilillo invisible que va enganchado al cerebro y al que se van acoplando las palabras de manera ordenada. O, como sucede en la mayoría de las ocasiones, que todo se convierta en un rompebezas obsesivo sólo domado por el paso del tiempo y la práctica.
Es en este último caso cuando corres el peligro de convertirte en un artículo con patas, en un articulista en permanente guardia. La tarea de cristalizar sobre un papel en blanco con lustre y tersura una serie de ideas agresivas puede llegar a ser lenta y caprichosa. Escribes una cosa y ahí se queda posando, madurando, y esperas y esperas a ver de si de una vez comienza a tomar algo de coherencia. Igual que un cocinero emparanoiado que pone a cocer una serie de ingredientes con la intención de que hagan “chup chup”, y luego pueda servirlo sabroso y apetitoso encima de la mesa.
Un comezón idéntico experimenta un compositor de canciones que se dedica a esto de entretener al personal. De esta forma nos lo comenta y repite Fito Cabrales, líder de Fito y Fitipaldis, en el libro de conversaciones “Cultura de bar”, del periodista Darío Vico. Una publicación que viene como anillo al dedo tras la reciente salida al mercado del último disco
de Cabrales “Por la boca vive el pez”.
En “Cultura de bar”, un libro que se lee con la rapidez y ligereza de un perdigón, el cantante de Fitipaldis realiza un inventario sobre su periplo musical y vital, en el que desmenuza los dos lados del rocanrol: la de buscarse la vida casi sin apoyos ni logística, pero con mucha ilusión, como ocurría durante su etapa en Platero y Tú; y la del reconocimiento masivo de los medios ya en su carrera en solitario. Pues aunque muchos seguidores actuales lo desconozcan, Fito procede de una cantera de curtidos artistas rocanroleros que fueron tratados de forma hostil por la prensa no especializada en sus inicios, y que, tras años de marrones, ahora les toca vivir días de alboroto y adulaciones.
Es este libro de conversaciones muy recomendable para esa chavalería que abarrota hoy en día los conciertos de los Fitipaldis. Para comprender y degustar el presente, primero hay que intentar conocer el pasado.
Con la lectura de “Cultura de bar” extraemos que Fito es un tipo que cae bien, que haga lo que haga la parroquia lo va a comprender. Sus canciones han perdido voltaje con respecto a los Platero, pero sus temas mantienen ese toque de buen gusto y proyectan trabajadas letras.
También se aprecia que, visto los malos tragos del pasado, ahora no trague con numerosas imposiciones de las multinacionales, las radiofórmulas oportunistas, los productores sin escrúpulos o, simplemente, vividores mustios -Dead flowers- que sólo reverdecen con el éxito ajeno.
Más bien todo lo contrario, en la carrera de Fito Cabrales no han incubado personajes mefistofélicos, voceros de esos que aconsejan mal a propósito para que venda su alma al diablo. Siempre se ha querido rodear de colegas que curran mejor que musicólogos de catálogo. Iñaki Uhojo, Robe Iniesta, Batiz o Polako, su actual manager y amigo, son ejemplos excelentes.
En definitiva, Fito Cabrales, la historia de un niño que estaba abocado a perderse tras la barra de un bar, pero cuya cabezonería e inconsciencia le ha llevado a disfrutar de la condena que supone amenizar la velada de los demás.
Un músico enchufado las 24 horas del día.
Categoria: Rock
Escrito por ialted el Dimecres, 11 de Octubre del 2006 a las 20:43
Antes de que su concepto de rock antepusiese el negocio, el circo de las grandes giras, a la música en cuestión. Antes de que prevaleciesen los fuegos artificiales, los escenarios mastodónticos, los adornos fatuos y los tickets para toda la familia a los discos y canciones facturados con el sentimiento del blues, el rhythm ‘n’ Blues y el soul. Antes de que dejasen de lado y para siempre aquel aforismo que acuñó Tom Wolf con mucha lucidez y mala leche: “Los Beatles te daban la mano, los Stones querrían quemar tu ciudad”.
Antes de todo esto, los Rolling Stones forjaron una trayectoria y reputación incontestables. Un recorrido labrado a base de eno
rmes discos como “Sticky Fingers”, “Beggar´s Banquet”, “Let it bleed” o “It´s only rock´n´roll”, y sacralizado más tarde por las historias fascinantes, leyendas negras, excesos inconfesos, ratos de trasgresión y cantos de lujuria que había en la trastienda.
Fue la época en la que consolidaron el lenguaje rock en la música popular junto a otros compañeros de viaje como Zeppelin, Who, Kinks, Faces, Doors, Hendrix…y -lo más importante- convirtieron este estilo musical/forma de vida en la manifestación cultural juvenil más trascendente de los últimos de 50 años.
Fue la época en la que engendraron esa maravilla oscura titulada “Exile on Main Street”, un disco con mucho nervio, sentimiento, contención y algún que otro exceso musical; todo barnizado por las capas sureñas de la mano del malogrado Gram Parsons. “Rocks off”, “Rip this joint”, “Sweet Virginia” -¡¡Uauuh Sweet Virginia!!-, “All down the line”, “Tumblin dice” o “Happy”, aquel tema de alma soulera que serviría de hoja de ruta para muchas otras bandas.
Fue la época, los 70, en la que Keith Richards fue bautizado como la viva imagen, como la cara más salvaje del rock´n´roll.
Un rostro que, hoy en día, está surcado ya por profundas arrugas, pero que ha perdido verdad por el devenir de los acontecimientos.
Categoria: Rock
Escrito por ialted el Diumenge, 8 de Octubre del 2006 a las 23:53
Es algo mecánico. Como cuando aprietas un interruptor. Suena la distorsión de una guitarra y en seguida sale el chalado que llevas dentro. Creo que tengo los oídos tan ecualizados al sonido del rocanrol, que mi membrana auditiva ya sólo se excita cuando por ella gimen ondas sonoras cargadas de potentes riffs tabernarios. Para mi es como música celestial.
Y así estoy; luego salgo
de esa burbuja rocanrolera y cuando me hablan de otros estilos musicales se me pone cara de cavernario. Es oír términos como flow, scratch, raggamuffin o sonidos sampleados, y me falta tiempo para enroscarme la boina, acercarme la trompetilla a la oreja y replicar: “!!!¿¿Eiiinnn??!!! !!!¿comorlll?!!!…
Vamos que no tengo nada que ver con la música rap, ni con la cultura Hip Hop. El rocanrol es tan inabarcable, con sus treinta millones de grupos y sus múltiples ramificaciones, que intentar coquetear con otros tipos de música puede llegar a ser agotador.
Pero en fin, un día llega un grupo como La Excepción a tus manos, te oxigena las ideas y escuchándolo y escuchándolo compruebas que tiene mucha más filosofía rockera que algunas de las bandas que pululan por la actual escena seudo alternativa.
Los ritmos hiphoperos de La Excepción intentan no transitar por asfaltos gastados. Y eso es de agradecer. Con sus rimas chelis y sus palabros insondables, con envoltorio desenfadado pero de mucha enjundia a la vez, suponen una bocanada de originalidad, de novedad. Con más buen rollo que el personaje de Jack Nicholson en la peli Easy Rider.
El Gitano Antón y El Langui, cabezas visibles del grupo, no rellenan sus canciones de retratos de noches locas y jambas descontroladas, de historias de violencia callejera o escenas de perfil machista. Prefieren mejor denunciar lo asfixiante que puede resultar la intolerancia cotidiana, la hipocresía que gobierna en el periodismo o el negocio musical, o las escasas oportunidades de las que se dispone en un barrio de extrarradio. Todo eso con una sonrisa en la boca, contando las injusticias con un carro de humor ácido, que es como mejor entran.
Los mayores aplausos, por supuesto, se los lleva El Langui, con su cuerpo de jota y su mente de As, que no tiene reparos en reírse de sí mismo y de las penurias que arrastra por sus diversas minusvalías. Y, claro, encontrarse este tipo de mensaje terrenal, positivo, honesto, en medio del reino de las vanidades que es el mundo artístico, con clones metrosexuales de pecho depilado que aspiran a la perfección, siempre es un alivio.
Pues si la vida es un bucle de tragedias, tal y como pregonan muchos artistas de postín, apaga y vámonos.
Categoria: Hip Hop