Vidas cruzadas
Escrito por ialted el Divendres, 1 de Desembre del 2006 a las 13:19
Nunca habíamos compartido una copa, pero frecuentábamos los mismos sitios. Había oído hablar mucho de él. Todo el mundo me decía que se trataba de un tipo cercano, amable, simpático, que nunca le había negado un autógrafo a nadie, aunque su carrera musical estuviese consolidada desde hace tiempo.
Y allí estábamos. Él procedía del mundo de las rimas y los samplers del Hip-hop, yo de las guitarras y los riffs del rocanrol; dos realidades culturales aparentemente opuestas, pero, tal y como se desarrolló la conversación, con muchas cosas en común.
Al amparo de una botella de vino, estuvimos hablando varias horas sobre sus discos, la música, o sobre la incuestionable influencia que puede ejercer el mensaje de una canción.
Mis preferencias musicales eran otras, pero al oírle hablar deduje que era un compositor con una enorme destreza a la hora de abordar historias y argumentos que apenas suenan en los temas de los demás.
Le trasladé su acertada visión en las canciones sobre lo que realmente significa la ley de la calle. Él me explicó:
-Ser de la calle no es vivir al filo, hacer la mayor locura para llamar la atención, y mucho menos pegarle una paliza a tus padres.
Le repliqué:
-A todos estos analfabetos funcionales les haría yo ver “Una historia del Bronx“. De Niro lo deja bien claro: “Los valientes son los que se levantan cada día y le echan valor para resolver los problemas que surgen a través del trabajo”.
Entre sorbo y sorbo de intratable vino, fuimos desgajando nuestras pasiones. Me reveló que era muy seguidor del Hip-hop francés, yo le contesté que a mí me sucedía igual con el cine negro de este país; de la habilidad que tienen estos tipos para adueñarse de las cosas más interesantes, deconstruirlas, volverlas a montar y darles una visión más impactante que la que tenía el original.
A pesar de ser dos personas independientes, caímos en la cuenta de la importancia del artículo o la canción para estar en contacto con los demás. Aunque no nos conocíamos de nada inicialmente, quedamos para conversar en otra ocasión.
Al salir del bar, nada más cruzar la puerta, me tropecé sin querer con un fantasma del pasado. Fue un encontronazo súbito, una colisión repentina que me dejó atontado durante unos segundos. Por un lado, un tipo que físicamente parecía de una sola pieza, sin formas, sin contornos, con un cuerpo de esos cuya cabeza se une directamente con el tronco pero sin pasar por el peaje del cuello. Por otro, un esqueleto encorvado, de tos silicótica, y unas ojeras como dos manchas de café.
Pasó un rato hasta que me recompuse del golpe y le puse orden a mis pensamientos a través de flashbacks. Aunque ambos procedíamos del mundo del periodismo, no teníamos nada que ver en el fondo. Durante unos años trabajamos mano a mano en una publicación; antes me daba palmaditas en la espalda porque le gustaba como trabajaba, ahora ni siquiera me dirigía la palabra.
En esa porción de segundo, comprobé que todavía quería aparentar, como antaño, cierta seguridad suprema en sí mismo, sin embargo desde hacía meses era un auténtico volcán de ansiedad en su interior. Le habían nombrado jefe de sección y el haber pasado todos esos filtros que conlleva manejar el poder, le habían fundido los plomos mentalmente.
Estaba amargado, malhumorado, acabado moralmente. Me dio tanta pena que estuve apunto de agitarle y gritarle: “!Pero tío, espabila, alegra esa cara, desdramatiza, pégate una juerga, echa un polvo, ves a un concierto de rock…que aquí estamos de paso!”.
Al final todo se quedó en un gélido cruce de miradas, pero que soportaron mucha tensión.
Me desvié por una calle. Camino a casa estuve pensando quién más podia aparecer esa noche. Fui a colocar la llave en el contacto del coche y recordar que aquella mañana había fallecido el maestro Robert Altman.
Categoria: Sacando punta a la vida
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