Escrito por ialted el Dilluns, 8 de Març del 2010 a las 12:49
‘El desierto de los tártaros’ es una novela alegórica. La historia está ambientada en una fortaleza ficticia, pero su mensaje parabólico se puede extrapolar a cualquier realidad que promueva el corporativismo.
‘El desierto de los tártaros’ nos habla del miedo como motor de la vida, de cómo una élite utiliza la amenaza constante, creando enemigos invisibles, guerras imaginarias, con tal de que una mayoría rinda más, de cómo uno puede llegar a perder el tiempo por promesas y compromisos que nunca se llegan a cumplir: un contrato en condiciones, un sueldo digno, un ascenso merecido tras años de abnegación ascética…
‘El desierto de los tártaros’ nos invita a la reflexión. Dino Buzzati, a través de las vivencias de Giovanni Drogo, parece plantearnos las siguientes cuestiones: ¿Qué te ha llevado hasta aquí?, ¿con qué fin haces las cosas?, y, sobre todo y más importante, ¿quién es el beneficiario de tanto esfuerzo?
Las respuestas pueden ser reveladoras. Muchas veces, decir que no, por aquí no paso, también representa un triunfo.
Escrito por ialted el Divendres, 24 de Agost del 2007 a las 12:18
Extravagante, antipático, resabiado, individualista, presumido, maleducado. Se podría decir que César González-Ruano reunía los requisitos indispensables para ser un gran escritor, antes incluso de tomarse en serio la literatura.
Cuando daba sus primeros pasos como literato en ciernes, allá por las primeras décadas del siglo XX, no se le ocurrió otra cosa que tener como padrino a Vargas Vila, una de las personalidades de las letras de por aquel entonces más oscuras, siniestras e inquietantes. Más sabe el diablo por viejo que por diablo, así que el estropeado Mefistófeles le soltó a su discípulo: “Hágase usted fuerte en sus vicios, sea orgulloso y administre y exalte sus defectos. ¿A que nadie le recomienda a usted esto? Porque el desear de todo el mundo es debilitar a quien puede hacer algo. Oiga bien lo que dice un viejo: el odio da vida al que es odiado”. Desde luego, el lechuguino Ruano se tomó esta peligrosa lección al pie de la letra si tenemos en cuenta el devenir de su carrera periodística-literaria.
Durante este verano que llega a su fin y se deshoja como una flor, he ido descubriendo poco a poco a César González-Ruano, a través de sus memorias “Mi medio siglo se confiesa a medias” me he topado con un personaje que no sé si me fascina más por su forma de escribir, meticulosa y observadora, o por el estilo de vida rompedor que proyectaba. Todo en Ruano despierta un innegable morbo, un malsano interés alimentado por la ambigüedad y las contradicciones que lucía: tanto en su obra como en su persona nunca se sabía bien dónde comenzaba la verdad y dónde terminaba la mentira, qué era lo fabuloso y legendario y qué lo real, si escribía y actuaba con autenticidad o todo lo hacía para provocar con inteligencia al personal. Esta indefinición deliberada le catapultó hacia el número uno del periodismo literario en poco tiempo, poniendo en órbita ese género inclasificable, como un país sin fronteras, como es el articulismo.
Creo que el único camino de abordar con un poco de rigurosidad la figura de Ruano, llena de nebulosa y sombras, es haciendo una comparación con Cansinos Asséns, al que recientemente hemos reivindicado. Sin duda, ambos representan las caras opuestas de una misma moneda, antagónicos, totalmente contrarios, llama la atención en sus biografías que en un determinado momento llegasen a ser amigos, aunque como bien sostiene Dostoievski la amistad también se basa en la humillación.
Así, mientras Cansinos pregonaba una y otra vez que el éxito debía llegar poco a poco, a base de dedicación y paciencia, Ruano quería todo, incluido el triunfo, al instante, en el momento, así como chasqueando los dedos, chas, chas, chas, poniéndose el mundo por montera. Mientras Cansinos parecía descubrir las cosas antes por los libros que por las propias cosas en sí, Ruano quería sacarle, antes de ponerse a escribir, punta a la vida, con especial debilidad hacia los lugares y situaciones peligrosas y costrosas, como aquella anécdota en la que narra cómo de un día para otro comenzó a espiar clandestinamente la desnudez de una mujer en un arrabal, encontrándosela más tarde muerta y despedazada dentro de un ataúd. Mientras Asséns militaba en el bando republicano, de izquierdas pero abominando de los radicales, Ruano fue tan cabrón que se alistó con los monárquicos, unos años antes de que España se tornase en un duelo fratricida sin precedentes. ¿Ganas de joder y llevar la contraria? ¿Intención de jugar a lo que pierde y adherirse a lo minoritario? Sí, todo eso y mucho más, pues en Ruano, en lo que concierne a la política, siempre hubo más de estética y apariencia que otra cosa.
En cualquier caso, que sea de derechas, ¿es óbice para despreciar toda su obra literaria y su interesante personalidad? Con esta interrogación queda abierto el debate más polémico y espinoso del blog “Los Tiempos Cambian“, venga, coño, quiero ver ese foro de abajo arder repleto de comentarios, que más de una vez parecéis estar lobotomizados. Os lo pregunto de otra manera: ¿Es la literatura de izquierdas? Uffffffffffff, la cosa se calienta. Ahí va mi humilde opinión, aunque ya sabéis que aquí sólo me represento a mí mismo y muchas veces a mis múltiples contradicciones. Personalmente creo que la literatura, cualquier manifestación artística en general, está por encima de las ideologías. La obra de un escritor, de un artista, se debe juzgar y criticar por el valor literario de su texto, a través de criterios, más o menos objetivos, como son su plano semántico, sintáctico, fonológico…Explicándolo de una manera más sencilla, teniendo en cuenta por encima de todo la técnica y los recursos retóricos que utiliza el autor, y luego sopesando si ha estado acertado o no, aunque muchas veces ese acierto poético y conmovedor sólo sea cuestión de suerte, es decir nadie tiene una receta exacta. Por este motivo, si utilizásemos un criterio político a la hora de valorar una obra nos cargaríamos de una tacada a Borges, Vargas Llosa, Celine, Ezra Pound, TS Elliot…y por supuesto al propio Ruano. Otra cosa es que los autores, tanto de uno como de otro bando, suelten alguna burrada hacia la opinión pública, entonces se les tira de las orejas y “prou”.
¿Y cómo era la literatura de González-Ruano? Pues como una especie de vuelo sin motor, como si viésemos un ala-delta planear, con vigor pero sin prisas, deteniéndose en todos los detalles pero también dejándose llevar, yendo de un lado hacia el otro sin que nos diésemos cuenta, como un funky, de lo más apasionado a lo más desganado, de lo trascendental a lo trivial, de lo hermoso a lo repugnante. Todo con un particular barniz lastimero marca de la casa, pues como pensaba Ruano: “La literatura es melancolía”.
Escrito por ialted el Dilluns, 20 de Agost del 2007 a las 14:28
Cansinos……Uaaaaaauuuuuuu…..Cansinos. Es mentar su nombre y un montón de recuerdos e impresiones agolparse en mi mente. Cansinos-Asséns fue el escritor de las mil metáforas, el literato vocacional que más que escribir parecía pintar con palabras vivos y policromados retratos y paisajes callejeros, el periodista circunstancial con una pasión desaforada hacia la letra impresa, hacia el negro sobre blanco, hacia la escritura como único éxito personal, pues en el negocio y el mundo literario siempre fue algo así como un errante crónico.
Creo que fue Josep Pla quien acuñó la frase de que es más laborioso describir que opinar, en tal caso Cansinos Asséns fue todo un maestro del adjetivo imaginativo y revelador. Aunque sus artículos soportasen cierto regusto costumbrista, su forma de armarlos disparaba fogonazos impresionistas, ráfagas líricas, luminosos párrafos compuestos a base de una imaginación inagotable que dejaban al lector con ganas de más.
Joyce cargó voluntariamente con Dublín, Baudelaire nunca pudo quitarse de encima la fascinación peligrosa por París, bella y con espinas como una rosa, Cansinos tuvo como yugo y acicate a Madrid. La Puerta del Sol, el Paseo del Retiro, los cafés y rincones literarios y pordioseros del centro madrileño fueron para Cansinos su gloria y su crucifixión, su libertad pero también su condena, pues de allí nunca quiso ni supo salir, y en ese espacio, como si se tratase de un intermitente Triángulo de las Bermudas, aparecía y desaparecía para ejercer de animador y desanimador del movimiento Ultraísta.
Cuando hace unos meses un grupo de estudiantes de la Facultad de Periodismo vino a entrevistarme enseguida me acordé de Cansinos. Asséns sostenía que no hay mejor forma de que la firma perviva que ayudar y dar un empujón a los recién llegados, pues se encuentran en la fase más impresionable y su admiración y respeto perdurará con el paso del tiempo. De este modo Cansinos siempre procuró ser una especie de guía lírico, de faro iluminador en esa penumbra cenagosa que representan los comienzos, en un referente que acogía sin ambages en sus tertulias a todo aquel que estuviese interesado por la literatura, con más predilección hacia el voluntarioso fallón que hacia el diestro habilidoso, pues entendía que a los primeros nunca les llegaría el éxito, y su pasión hacia la poesía y la prosa se convertiría en algo así como un amor no correspondido, y al fin y al cabo son estos amores los que se sufren con más intensidad.
Y es que a Cansinos hay que leerle muchas veces con ojos condescendientes, que es la mirada con la que él retrataba a esos personajes pintorescos y subterráneos de la literatura que no aparecía en primera plana, una estirpe de hampones literarios, de bohemios pedigüeños que buscaba más ulcerarse el estómago que escribir una obra inmortal.
De hecho en la mayoría de artículos y libros de Cansinos es difícil encontrar la crítica furibunda, es complicado que tuviese el arma cargada. En él dominaba más el pensamiento de crear por crear, sea cual fuese el resultado final.
Quizás esa falta de ambición se convirtió con el paso del tiempo en una auténtica losa, y para muchos pasó a la historia como el mártir oficial de la literatura española, aunque ya se sabe que al final la historia la escriben los vencedores.
Escrito por ialted el Dissabte, 28 de Juliol del 2007 a las 12:07
Durante los últimos cuatro años ha sido algo así como un amor no correspondido. Recuerdo haber movido tierra, mar y aire, derrochado sangre, sudor y lágrimas, invertido enormes esfuerzos y largas horas con tal de acercarme a ella para ver si algún día la podía conocer de verdad, pero cada vez que lo intentaba todo resultaba infructuoso y me encontraba con un rotundo no como respuesta.
Claro, me decía yo, se trata de una belleza un tanto singular, inusual, incomprendida, como adelantada a su tiempo, rompedora y atractiva en las formas, sorprendente e imaginativa en el fondo, con un aureola de irrealidad, como las chicas que nos aparecen en los sueños, y por lo tanto sólo querrá rodearse de gente de gusto selecto y modales atentos.
Pero, aunque parezca un milagro, el miércoles pasado por fin sucumbió a mis encantos, me la encontré cara a cara, todo se desarrolló en una diminuta librería barcelonesa. No podía ser de otra manera, qué mejor escenario para saldar una vieja deuda amorosa que una ciudad tan arrolladora como ésta, con esa mezcla de vanguardismo bien entendido, como son las locuras calculadas de Gaudí en l´Eixample, y de antigüedad cuidada, como es el barrio gótico y el Raval, que la hacen situarse un peldaño por encima de las demás.
Sí, ya la tengo entre mis manos, y cada vez que acarició su superficie un escalofrío estremecedor recorre mi cuerpo, cual novio primerizo. Os la presentaré. Ya no me andaré con rodeos. Su nombre es “Zazie en el metro“, y en más de una ocasión ha sido catalogada como una de las cincuenta mejores novelas del siglo pasado. Así que en estos momentos me dispongo a entregarme a su surrealismo encantador, a su visión fabulosa de la realidad de las cosas, a sus personajes estrafalarios y a sus diálogos
divertidos y lúcidos a la vez.
Eso sí, le he encontrado un pequeño defecto en nuestra primera cita: todo lo que me narra me lo cuenta en su lengua original, digamos que su edición española o catalana hace tiempo que desapareció. Así que sólo me quedan dos opciones: o me compro un diccionario y voy traduciendo palabra por palabra toda la novela o recibo clases de francés como un poseso para ver si en unos meses me entero de algo.
C´est la vie. Nadie es perfecto.
“You can´t always get what you want”. Rolling Stones
Escrito por ialted el Dilluns, 23 de Juliol del 2007 a las 12:16
Me piro a Barcelona durante unos días. Se trata de un viaje de improviso, casi sin prepararlo, de esos que nacen junto a los amigos durante una conversación animada por la locuacidad que provocan las cervezas y la complicidad de la noche; ya sabéis, uno de esos momentos en que uno se apunta a un bombardeo sin saber lo que realmente se está cociendo.
Es lo que César González Ruano definiría como un viaje de “segunda”; pero no por el coste o la clase del billete del viaje, tampoco por el interés o la calidad del destino; sino por la escasa logística y planificación que conlleva; vamos, en plan turista accidental: rellenas la mochila o la maleta con lo primero que encuentres en el armario, siendo la lectura y la música el único equipaje obligatorio para cuando las horas muertas, llamas a un colega para que te haga sitio en su acogedora casa, en este caso la vetusta e interesante morada del Largo en el Passeig de Gràcia, y te llevas el dinero indispensable para ir improvisando con lo que se te ocurra por el camino.
Yo creo que así se cuajan los mejores viajes, los que se proyectan sin rumbo fijo, con lo justo, yendo de aquí para allá, para ver si por casualidad descubres alguno de esos rincones literarios que se te graban con fuego en la memoria por el resto de los días.
Con este viaje a Barna también aprovecharé para desembarazarme de esa imagen de casero y sosainas que me persigue. Aunque soy de los que piensan que la mejor movilización fantástica reside en los libros, las pelis y la música, o que muchas veces se encuentra antes la felicidad dándote un garbeo por un casco viejo que yéndote a un país remoto, para esta escapada le he prometido a mi amiga Marta que sacaré a relucir mi espíritu aventurero, mi chip de explorador urbanita, dejándome llevar por los innegables encantos de la Ciudad Condal: el formidable modernismo de L´Eixample, la vidilla cultural de Las Ramblas, el barrio gótico y el Raval, los olores y sabores de la Boquería, que se pueden sintetizar en una simple trufa negra catalana, las librerías de viejo de la calle Tallers, las chocolaterías antiguas de la calle Petritxol, los bares de tapas de saldo y esquina de la Barceloneta, con esas terrazas en las que observando pausadamente al personal se pueden ir coleccionando seres pintorescos y extraños, o esa maravilla bohemia y escondida que es la plaza de Sant Felip de Neri, en donde hay una pequeña fábrica de jabones y un diminuto museo del calzado que siempre que voy me dejan absorto.
Además, como ambos andamos con lo que comúnmente se llama “mal de amores”, mejor salir por ahí a que nos dé el aire que quedarse en casa relamiéndose las heridas.
Escrito por ialted el Dilluns, 16 de Juliol del 2007 a las 12:54
Como lector compulsivo y voraz, como consumidor masivo de todo lo que represente la letra impresa, a menudo suelo alternar los densos mamotretos que me enchufan en Filología Hispánica con lecturas más llevaderas y ligeras, que no por ello edificantes y exentas de calidad.
Al fin y al cabo soy de los que piensan que muchas veces esto de catalogar un libro como obra maestra tiene que ver más con un tema de promoción que con el verdadero valor literario del texto. Es un asunto parecido al del cine; como dice Marty Scorsese “las películas no se dividen entre clásicos y no clásicos, sino entre vistas y no vistas”.
En esas estamos cuando recupero de mi joven biblioteca “El Guardian entre el centeno”. Puede ser que esta novela de corte juvenil no la encontréis entre las listas de los mejores libros del siglo pasado, ni siquiera entre los ránkings de los best-sellers más vendidos, si nos atenemos a estadísticas comerciales, pero ya os adelanto yo que se trata de uno de los grandes. Por una simple razón: su maestría está escondida, hay que ir buscándola renglón a renglón, párrafo a párrafo.
Me explico, su autor J.D. Salinger juega a crear una aparente historia intrascendente de chavales, construida a base de una prosa un tanto descuidada, con cierta dejadez, como la forma de ser y hablar de su protagonista Holden Cauldfield, pero a medida que vamos avanzando descubrimos un mundo juvenil complejo, turbador, espinoso, nocturno, incluso más maduro que el propio adulto en sí.
Así, poco a poco, el lector se va identificando con el alocado Holden Cauldfield, con su descreimiento aparente, su escepticismo calculado, con su postiza imagen de misántropo crónico, pero que en realidad encierra a un muchacho inteligente, inquieto, extremadamente sensible hacia la música y la literatura.
“El Guardián entre el centeno” es un pequeño proceso de iniciación, que comienza cuando Cauldfield se escapa de su casa, y nos enseña a través de su mirada lo podrido que está todo.
Cada vez que lo releo, me detengo en la página 185 y le doy vueltas a esa breve explicación que hace sobre el título del libro: “Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños, y están solos. No hay nadie vigilándolos, sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan de él”.
Así que eso es lo que quería este imberbe perturbado, salvar la vida de los demás. Quizás todavía no había aprendido que esta sociedad se suele comer a los más nobles.
Escrito por ialted el Dimarts, 12 de Juny del 2007 a las 16:44
Conocéis la frase popular “todo el mundo tiene algo de teatro”, pues don Miguel de Unamuno se labró un personaje exagerado de los que hacen época. Este escritor de aspecto grave y prosa robusta, densa, impactante, como una bofetada abierta en plena cara, se forjó una imagen de cara a la galería bastante cínica y extravagante, que con el paso de los años generó jugosas y divertidísimas anécdotas.
Cuentan que cuando el Rey Alfonso XIII le fue a conceder la Gran Cruz, allá por principios del siglo pasado, don Miguel le soltó un par de impertinencias que dejaron al monarca a la altura del betún:
-Tome, aquí le concedo la mayor distinción a la que se puede aspirar hoy en día.
-Gracias, me la merecía -contestó Unamuno lacónico.
-Pero hombre, don Miguel…¿cómo me dice usted eso? ….Hasta ahora todos los que la han recibido siempre respondían que no la merecían…
-!Tenían razón! -sentenció Unamuno.
Y es que don Miguel tenía metido en la cabeza que tanto su vida personal como literaria debían rebosar teatralidad. Unamuno, en sus obras, se empeñó en trascender que todo en la vida era ficticio y real a la vez. Venía a decir algo parecido a lo que, por ejemplo, Umbral sostenía décadas después de forma más impúdica en el ensayo anovelado “Mortal y Rosa”: “Todos nuestros yoes se componen de papeles ficticios: por la mañana ejerzo de padre, más tarde me toca el papel de hermano, en el trabajo interpreto la función de periodista, y por la noche mi personaje es el de marido. La única vez que aparece mi yo verdadero, y por lo tanto el salvaje, es cuando practico el sexo, en ese momento sí que soy yo mismo, por eso nos parecemos tanto a los monos…”.
Quizás por este motivo don Miguel mantenía una apariencia áspera y categórica a la hora de hablar u opinar públicamente, pero cuando te sumerges en sus novelas comprendes que su escritura no tenía nada de dogmática o purista, sino todo lo contrario. Si por algo se caracterizó Unamuno en su obra es por no seguir los caminos trillados de los demás, y en su heterodoxa obra contemplamos un virtuoso arte de mezclar la novela y la filosofía, la verdad y la mentira, la profundidad y la trivialidad. De ese pastiche deliberado se sacó de la manga que él no hacía novelas, sino “nivolas“, y por lo tanto ya merecía eternamente el respeto de la sociedad.
Claro, él consideraba que no era un escritor al uso, sino que era mucho más, algo así como un inventor literario, un tío que se estrujaba las meninges más que nadie, y por extensión no tenía por qué ser simpático de cara al resto del planeta.
Yo, en este último planteamiento coincido plenamente con él. Cuando alguien, sea del gremio que sea, es un fuera de serie en su labor, el resto siempre le reprochamos que en realidad se trata de un engreído, un antipático, huraño, un asocial o un individualista; pero, creo, que nos negamos a ver que gracias a esa dedicación exclusiva y sobresaliente que proyectan este tipo de personas, el resultado de lo que tienen entre manos es el doble de rentable y productivo para los demás.
Así que ya sabéis, todo el mundo tiene algo de teatro…Incluido yo, que soy el más rollero. ¿A que sí Marta?
Este es el texto donde tendras que describir en pocas palabras de que va tu blog y ese tipo de cosas, no puedes excederte en la altura del texto porque es un tamaño fijo para que se adapte bien la barra gris. Es muy importante que el texto quede siempre cuadrado con el cuadro azul.Este es el texto donde tendras que describir en pocas palabras de que va tu blog y ese tipo de cosas, no puedes excederte ...